Els Nostres subrrallats: Fiódor Dostoievski
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El cocodrilo
"En aquel
preciso momento un terrible alarido, que podría calificarse hasta de sobrenatural,
resonó en la sala. No sabiendo qué pensar, me quedé alelado, sin moverme de mi
sitio; luego, oyendo gritar también a Elena Ivanovna, me volví a
toda prisa.
¿Y qué diréis que vi?
Pues vi, ¡oh
Dios mío!, al infortunado Iván Matvieyich, a quien el cocodrilo había cogido por
la mitad del cuerpo con sus terribles quijadas, y, levantándolo en el aire, lo
zarandeaba horizontalmente en el espacio, sin dejar ver de su cuerpo otra
cosa que las
piernas que desesperadamente sacudía. En un instante desapareció del todo mi
pobre amigo y pariente. Pero, como yo permaneciera inmóvil, pude observar todos
los pormenores del accidente con apasionada atención, con la más viva
curiosidad que jamás sintiera, de suerte que os lo puedo referir punto por
punto.
"¡Qué
rabia pensé si me hubiese yo encontrado en el pellejo de Iván Matvieyich!"
Pero
volvamos a lo ocurrido. Poniendo en acción sus terribles quijadas, el
cocodrilo empezó por tirar de los pies del pobre Iván Matvieyich, y luego,
soltándolo un poco, porque mi sabio amigo pugnaba por escapar y se agarraba a
la bañera, se lo engulló hasta la cintura. Luego, soltándolo otro poco,
continuó engulléndoselo
de varias sentadas, poco a poco, de suerte que Iván Matvieyich fue
desapareciendo lentamente de nuestra vista.
Por último, de un bocado definitivo se tragó
el animal a mi sabio amigo todo entero y de modo que se podía ver cómo se lo
iba metiendo en el cuerpo.
Iba yo a
lanzar también un grito, cuando, por un pérfido juego de la suerte, el
cocodrilo, molesto sin duda por la inusitada enormidad de aquel bolo
alimenticio, hizo otro esfuerzo, y, al abrir por vez postrera sus formidables
fauces pudimos ver de nuevo el
apurado rostro de mi pariente, cuyos anteojos rodaron al fondo de la tina.
Hubiérase dicho que aquella cabeza humana sólo apareció de nuevo para lanzar
una suprema mirada sobre las cosas de este mundo y dar un último adiós a todas
las alegríasde esta vida.
Mas ni
siquiera tuvo tiempo de realizar ese designio. El cocodrilo, que había
recobrado bríos, hizo otro esfuerzo y se engulló definitivamente la cabeza.
Aquella reaparición y desaparición de una cabeza humana dotada aún de vida,
resultaba un espectáculo espantoso; pero, al mismo tiempo, quizá por la
rapidez de aquel escamoteo y por la caída de los lentes no dejaba de tener sus
ribetes de ridículo, por lo cual no me fue posible contener la
risa.................."




